Sombras de una muerte anunciada: La Decena Trágica

 

Dedicado a mi muy querida profesora y amiga la Dra. Josefina McGregor Gárate.

Desde que inicio la Revolución Mexicana en 1910, la Ciudad de México estuvo al margen de las balas y los cañones. Las grandes luchas para ganar territorio se daban fuera de la capital, aunque ésta seguía siendo el centro de los tres poderes, no se veía tan afectada por el movimiento armado. Fue hasta febrero de 1913 cuando el silencio cesó. El 9 de febrero de 1913, fuerzas rebeldes al gobierno del presidente Madero, se unieron para retumbar sus armas y comenzar una época de odios, rencores; donde orgías de sangre corrieron por la ciudad, no importando raza, condición social, edad… nada. He aquí el comienzo de un escrito donde las sombras de la ciudad presenciaron, quizá, uno de los más crueles y despiadados episodios de la Revolución Mexicana. 

I.- Amargo recuerdos

Sara Pérez de Madero
Sara Pérez de Madero

Un terrible frío se sentía dentro de un cuarto oscuro y sobrio, donde una mujer postrada en un sillón estaba a la espera de una señal. La cabeza le dolía, sus ojos no paraban de llorar, aunque esta vez las lágrimas se habían acabado, sólo quedaba un corazón que sucumbía ante un tremendo dolor y melancolía. Frente a ella, se encontraba un cuerpo sin vida tendido en una improvisada cama. El olor a muerte se percibía en todo el cuarto, aunque a la mujer no le importaba ya nada, qué más le podía importar, si era su esposo el que destilaba ese olor. El cuerpo sin vida, presentaba un notable tiro en la cabeza, y otros cuantos en todo el cuerpo. De un momento a otro, la mujer se paró frente al cuerpo de su marido. Pensativa y triste, lo contemplaba como si todavía estuviera vivo, le hablaba, esperando quizá, una respuesta que no llegaría. Le dio un beso en la frente y se soltó a llorar como una niña. La dama de negro recordaba cómo comenzó aquella pesadilla que no le veía un fin, quizá porque también sentía la muerte cerca.

II.- El origen de una revolución

Sara y Pancho
Sara y Pancho

Sara, era una mujer y esposa intachable. Acompañaba a su marido todo el tiempo a cualquier lugar. El se dedicaba a hacer campaña en contra de lo que muchos llamaban “la dictadura”, teniendo la firme convicción que la “democracia” era necesaria para el inminente cambio político y social que asechaba al país. Ese hombre de nombre Francisco, luchó pos sus ideales en todo momento, los compartió y lleno a la gente de esperanza y jubilo a muchos sectores de la sociedad mexicana a principios del siglo XX. Su lucha contra el dictador siempre fue legal y pacífica, pero él jamás imaginó que el llamado dictador lo iba a encarcelar y perseguir para acallarlo. Como candidato fue duramente silenciado y reprimido políticamente para no poder participar en las elecciones. A mediados de 1910, Porfirio Díaz anunciaba su séptima reelección, mientras Francisco Madero encarcelado en una prisión de San Luis Potosí, recibió la noticia. Madero jamás se dio por vencido y decidió huir del país hacia los Estados Unidos para rehacer su movimiento, pero ahora en base de las armas, cosa que aunque a él no le gustaba, mucho la idea, no veía otra salida. Pancho publicó así el “Plan de San Luis”, dando inicio a uno de los movimientos políticos y sociales más importantes de México: la Revolución Mexicana.

III.- La tristeza de dos mujeres

Sara se hallaba con la mirada perdida. Sus ojos hinchados y su cansancio eran tan notorios que perdía la noción del tiempo. Quizá porque sólo esperaba estar más tiempo con su esposo, sin saber lo que pasaba fuera de ahí. De un momento a otro, la puerta del cuarto se abrió, otra mujer vestida de negro se abalanzaba a abrazar a Sara. La tristeza de la mujer era más notable que la de Sara. Su semblante demacrado y sumanente triste hizo a Sara revivir el sentimiento de profunda tristeza.

-Sara, ¿cómo nos puede suceder esto? Primero Gustavo y después Pancho. Mis hijos, Sara… mis hijos. Me han asesinado a mis hijos. 

-Qué le puedo decir doña Mercedes, si ya lo veníamos venir. La pesadilla terminó peor de lo que imaginabamos.

Las lágrimas de Sara volvían a caer como perlas rotas de un collar. Doña Mercedes tomó de la mano a Sara, y juntas se acercaron a ver a Pancho. Sorprendida al ver el cadáver de su hijo, doña Mercedes comentó: “por lo menos no fueron tan salvajes como lo hicieron con mi Gustavo”. Sus ojos no creían lo que veían…quizá sus hijos estaban predestinados a morir, pero jamás de esa manera tan cruel y despiadada.

IV.- Una desedida, nacimiento de odios

El 20 de noviembre de 1910 fue el día elegido por Madero para iniciar la lucha armada en todo el país. Quizá la respuesta esperada no se vio en su totalidad aquel día, pero si fue punto de referencia para el estallamiento de una respuesta social en varios puntos del país entre noviembre de 1910 y mayo de 1911. Madero aglutinó a fuerzas tan significativas, que con el paso del tiempo serían piezas claves en el movimiento revolucionario. Figuras como Pancho Villa, Pascual Orozco, su hermano Gustavo Madero, Venustiano Carranza, entre otros, fueron piezas escenciales tanto militares, como políticas, para la victoria definitiva en contra del gobierno porfirista. En mayo de 1911, Díaz firmó la renuncia con la intención de no derramar más sangre y la lucha terminara. Esa renuncia funcionó momentáneamente pero la firma de Porfirio fue el punto de inicio de la lucha por el poder entre los que hicieron la revolución y los generales porfiristas.

Porfirio Díaz salió de su amada Ciudad de México a finales de mayo de 1911. Su partida despertó nostalgia entre la alta clase porfirista y los respetables generales que lo rodeaban. Se iba Porfirio, pero no su aparato de gobierno…y nacían “odios”… muchos odios.

V.- Márquez Sterling

Sara y doña Mercedes salieron del cuarto. El olor a muerto se impregnó en sus manos, la sangre del cuerpo se vislumbraba en su ropa. La muerte las acechaba. Estaba junto a ellas. Se dirigieron a la entrada de la Penitenciaria, donde los esperaba don Evaristo, padre de Francisco.

-Ya han dado el permiso de podernos llevar el cuerpo. Vendrán por él en cualquier momento. Mientras suban al coche…esperemos unos minutos.

Don Evaristo se encontraba aturdido, cansado y demacrado. Él, siendo miembro de una de las familias más ricas del Porfiriato, tuvo que vender su caballada para poder solventar los gastos funerarios de sus hijos. El gobierno de Huerta le exigió enterrará inmediatamente a Pancho, sin poderle hacer una autopsia o se realizará alguna investigación. Sara, doña Mercedes y don Evaristo esperaban impacientes. Cuando de un momento a otro, llegó un automóvil con la bandera de Cuba. De aquel auto, bajó un hombre de traje, elegante, con porte; dirigiéndose directamente hacia donde estaban ellos. Era nada más, y nada menos que el señor Márquez Sterling, el ministro cubano.

-Señor, señoras… mi más sentido pésame. Créanme que me siento muy mal de no poder haber salvado de la vida del señor Madero. Hice todo lo político y humanamente posible por salvarlo, pero la sed de poder del presidente Huerta y del embajador norteamericano, pesaron más que nuestras suplicas. ¡Qué lamentable!

Sara volvió a romper en llanto. Ella sabía de antemano de las acusaciones hechas por Gustavo de la inminente traición de Victoriano Huerta hacia Francisco y la confabulación hecha con el embajador Wilson en la embajada norteamerica. Pancho jamás las creyó ciertas.

-Francisco no creía en la maldad de los hombres, por eso jamás pensó que lo traicionarían. El creía que en el pueblo que lo eligió era el único capaz de sacarlo de la silla presidencial. ¡Pero que equivocado estaba!

-No señora Sara, el presidente Madero luchó hasta las últimas consecuencias. Hombres con tanta perseverancia y fe en sus convicciones, no se ven a diario. Don Francisco era un gran hombre, ahora convertido en el apóstol de la democracia y será recordado como un gran presidente en la historia de este país. Se lo aseguro señora.

VI.- Madero y su presidencia

-Protesto sin reserva alguna, guarda y hacer guardar la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, las Leyes de Reforma y las demás de que aquella emanen, y desempeñar leal y patrióticamente el cargo de presidente electo de la República que el pueblo me ha conferido, mirando en todo por el bien y la prosperidad de la unión. Y si así no lo hiciera, la nación me lo premie, sino, me lo demande.

Con las elecciones a su favor y este juramento, Francisco Ignacio Madero dio inició, a principios de noviembre de 1911, a su presidencia prevista para cinco años. Su vida se centrada en la ciudad de México, transcurría despachando asuntos en Palacio Nacional y el Castillo de Chapultepec. Durante todo su mandato, enfrentó levantamientos armados de generales porfiristas. Personajes como Félix Díaz, sobrino de don Porfirio; y Bernardo Reyes, un ex gobernador de Monterrey, fueron dos de los principales opositores al gobierno maderista. Emiliano Zapata fue otro levantado en su contra, exigiendo la repartición de tierras inmediata y lo tacho de traidor. No había ningún día que Madero no lidiará con algún problema tanto político o social. Aunado a ello, el gobierno norteamericano tenía una presencia intromisora en los asuntos políticos mexicanos, pues el embajador Henry Lane Wilson, no se estaba de acuerdo con la forma de gobernar de Madero y confabulaba en contra del gobierno.

Francisco siempre fue apoyado por su fiel e incondicional hermano, Gustavo Adolfo, quien decidió dejar sus negocios para estar a lado de Pancho en todo momento. Gustavo fue la mano derecha del presidente Madero, viendo perspectivas que su hermano no veía. A finales de 1912, Gustavo se enteró que se preparaba una conspiración para derrocar a su hermano de la presidencia. Él se fue a fondo. Tuvo demasiadas pruebas en la mano, pero su hermano jamás le creyó.

Continuará…. (diciembre 2011)

VII.- Vengüemos al porfirismo

VIII.- El inicio de la oscuridad

XI.- Leales vs ciudadelos

X.- La plática del Globo

XI.- El embajador

XII.- ¡Es usted un traidor!

XIII.- El pacto de la embajada

XIV.- 45 minutos de poder

XV.- Los intentos de Márquez Sterling

XVI.- ¿Qué hacemos con los prisioneros?

XVII.- Atrás de Lecumberri: la muerte de Madero

XVIII.- Sara después de Madero

XIX.- Y después de la muerte…

XX.- Los vestigios de Madero

 

 

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